La ira, también conocida como «rabia», «cólera» o «furia», es una emoción que se caracteriza por cambios fisiológicos como el aumento del ritmo cardíaco y respiratorio, el incremento de los niveles de adrenalina, y la puesta en marcha de otros mecanismos físicos que nos preparan para poder dar una respuesta enérgica. También, a nivel mental, nuestros pensamientos van más rápido de lo normal y es más probable que las ideas irracionales que tenemos se refuercen.
La ira es una emoción velocísima: nos domina y se va casi sin que nos demos cuenta. Puede adueñarse de nosotros en situaciones injustas o que atentan contra nuestro bienestar. Por regla general, la ira se manifiesta contra los demás en forma de agresión física o verbal o en forma de pérdida de control. Cuando las reacciones de ira no se controlan pueden llegar a manifestarse de manera muy violenta, perjudicando nuestras relaciones interpersonales.
¿La ira es útil?
La ira es una emoción necesaria y adaptativa que nos avisa de las amenazas, injusticias o agresiones y nos aporta la energía necesaria para pasar a la acción y actuar en consecuencia. Sentir rabia no solo NO es malo, sino que además puede resultarnos útil.
Sin embargo, la ira nos puede bloquear repentinamente y puede llevarnos a reaccionar como un animal que es atacado por otro. Y como no vivimos entre bestias salvajes, esas malas reacciones nos pueden meter en problemas. La rabia desencadena aún más rabia. Puede provocar momentos de tensión que generan situaciones hostiles y vengativas. Por eso, aunque sea una emoción muy útil, es necesario saber gestionarla para no hacer algo de lo que después podamos arrepentirnos.
La ira puede ser desadaptativa cuando es desproporcionada o cuando no tiene la finalidad de movilizar energía para conseguir nuestros objetivos. Nuestro sistema está preparado para poder responder a estímulos peligrosos para nuestra supervivencia, pero tener ese sistema activado de manera continua no es adaptativo. Nuestro cuerpo, fisiológicamente hablando, no está preparado para eso.
Falacias sobre la ira
Unos terapeutas nos dirán que la solución se esconde en nuestro pasado, otros que el pasado no importa y sólo importa el presente, otros que evitemos cualquier encontronazo y que nos alejemos de situaciones “calientes”, y otros que nos desfoguemos siempre que queramos, expresando la ira abiertamente contra la gente que odiamos o pegando a la almohada. De todas las ideas que circulan sobre la ira ¿cuáles son ciertas?
Falacia 1: nuestra ira se reduce si la expresamos activamente.
Falso. Esta idea deriva del modelo hidráulico de las emociones de Freud, según el cual, nuestros sentimientos de ira se acumulan con el tiempo y crean un «depósito de energía negativa» que, si no expresamos, acabará estallando en forma de enfermedades, disfunciones físicas, problemas sexuales, etc. Según este modelo, si expresamos activamente nuestra ira, mejoraremos la salud y nos sentiremos menos airados. Pero, ¿por qué es falsa esta idea? Según Siegman, psicólogo y estudioso de la ira de la Universidad de Maryland, hay muchas más probabilidades de dañar nuestra salud aireando la ira que conteniéndola: desfogar la ira suele reforzarla y fortalecerla.
Entonces, ¿qué hago yo cuando me dé un ataque de ira? ¿La expreso o no? Depende. Siempre hay que optar por expresarla de una manera asertiva y adecuada, pero si esto no es posible o no se puede, lo mejor es no expresarla.
Falacia 2: tomarnos un tiempo muerto.
Tratar de evitar o escapar de aquellas situaciones en las que más probabilidades tengamos de ponernos furiosos. ¿Verdadero o falso? Como casi todo, depende. A largo plazo es una táctica que suele fracasar, por dos motivos: 1) porque no abordamos los problemas que tenemos, por lo que es posible que se incrementen, y 2) porque no descubrimos cuál es la mejor manera de enfrentarnos a estos problemas.
A veces esta técnica puede sernos útil en fases primarias del cambio, es decir, cuando estoy yendo al psicólogo y me está enseñando asertividad, pero aún no soy capaz de controlarlo del todo. También en un determinado momento, si creemos que podemos llegar a hacer daño a alguien, o sabemos que no nos vamos a poder controlar, está bien hacer ese tiempo muerto para calmarnos. Pero NO como estrategia a largo plazo: no conseguiremos regularnos emocionalmente de manera eficaz.
Falacia 3: la ira nos ayuda a conseguir lo que queremos.
Si expresamos ira es posible que la gente satisfaga nuestros deseos, pero será debido al miedo y a la presión que ejercemos sobre los demás. A corto plazo podemos conseguir lo que queremos, pero a largo plazo puede aparecer rencor y distanciamiento hacia nosotros; de manera general, no es una buena técnica.
Falacia 4: estudiar el pasado hace disminuir la ira.
De nuevo, esta idea es herencia de Freud. Quien afirma esto cree que para hacer frente a nuestra ira debemos tener presentes y rememorar los traumas de la infancia que nos enfurecieron y que, inconscientemente, aún lo siguen haciendo. Vamos, años de terapia.
Pero esto no es real. Para ser menos irascibles tenemos que ser conscientes de lo que nos está afectando ahora y de cómo y por qué se está manteniendo esa ira en el momento actual. A veces podemos tener ciertos esquemas de pensamiento que en un pasado eran funcionales y de gran utilidad pero que, al cambiar nuestra vida y nuestras circunstancias, ya han dejado de sernos útiles. Conocer el pasado y entender cómo se fueron desarrollando nuestros problemas está bien, pero no es imprescindible para poder avanzar, no debemos anclarnos a él.
